lunes, 28 de abril de 2014

Frida. La sinceridad de su dolor.

Frida. He de confesar jamás había entendido el significado que se esconde detrás de los brochazos de Frida Kahlo sino hasta que me adentré en su historia y él me hizo verla con otros ojos. Tampoco ahora me jacto de comprender la totalidad del significado de su obra, pero al menos puedo ya disfrutar plenamente de Frida, llenarme de ella, compenetrarme con ella y hasta quererla.

“Henry Ford Hospital” no era la obra más bella de la exposición, ni la que tenía mayor esteticidad y armonía, ni era muy elaborada, ni la más conocida de la sala. Pero fue tal vez la obra que más llamó mi atención y la que más me hizo pensar y sentir. La obra cobraba vida ante mis ojos, acaso Frida me hablaba. Sí, ella dialogaba conmigo en silencio, bajo la sombra de la complicidad femenina, bajo un destello majestuoso de luz que reflejaba en ambas, que nos hacía confidentes.
 
"Henry Ford Hospital" o "La cama volando" (Frida Kahlo, 1932)
Detroit, Michigan. Vaya, ni siquiera sé dónde es eso que se rezaba por escrito en los bordes de la cama de Frida. No era importante. Una cama ensangrentada al centro del cuadro, una mujer, Frida, acostada en ella y atada de algún modo a seis elementos.

Detrás, un fondo simple, fábricas, tomas de aguas, urbanidad, falta de humanidad. Al mismo tiempo trascendía la simpleza y apuntaba a significaciones más elevadas. Detroit tan distinto de su querido México, industrias tan diferentes de los edificios coloniales que rodeaban su hogar coyoacanense. Lejanía, contraposición, oscuridad, sumisión y esclavitud.

Seis elementos atados a ella, saliendo de su costado. A simple vista parecía un cordón umbilical ramificado, eran de hecho hilos de sangre, conductos de sufrimiento, uniones inseparables de ella. Fractales de aflicción.

Un feto flotando en el centro claramente evocaba el aborto sufrido, una flor purpúrea, tal vez una jacaranda, a los pies de la cama, igualmente en el centro.

La flor era el único elemento que no daba la sensación de encontrarse flotando, tal vez porque la flor se había ya marchitado y había caído. La flor estaba también atada a Frida con el lazo de sangre. El tono morado parecía ser el único color que resaltaba de los demás en la completez del cuadro. Tal vez apelando a la femineidad, a la capacidad natural femenina de dar vida. Creo que se aludía a una contradicción inequívoca, oposición entre la incapacidad de Frida de dar vida a un hijo propio –por aquello del feto- y la plena potencia de darse vida a ella misma y a los demás a través de sí misma, de su arte, de lo que es. Incapacidad que detona en muerte, potencia que deviene en vida. Ambas salidas de Frida y unidas entre sí por hilos de sangre. La sangre pudiera representar su sufrimiento y si de ésta brota la vida, ¿cómo es que el dolor puede devenir en algo tan hermoso como es la vida? Quizás sea porque el dolor funciona como recordatorio de que estamos vivos. ¿Cómo puede derivarse también la muerte de algo que da vida? La respuesta parece trivial.

Otro hilo de sangre se encontraba atado al cuello de un caracol de tierra. Curioso animal el caracol. Lento, atento ante su depredador, lento, acechante frente cualquier amenaza, pero lento. El caracol parecía flotar por encima de la cabeza de Frida, como si se moviera lentamente en ella, como si el tiempo del sufrimiento fuera infinito, perpetuo. La conciencia del tiempo se cosificaba en un caracol, en la eternidad del instante de su dolor. Sin duda Frida sufría, bastaba con observar su rostro y ver la nitidez de sus lágrimas, derroches de dolencia. La pureza de sus lágrimas, dispendio de torturas. La sinceridad de su dolor, angustia prolongada. 

Un hueso pélvico flotaba atado también a Frida. La simbolización de sus múltiples enfermedades, sus innumerables operaciones y sus contados, y penosos, accidentes. Multiplicidad de daños, eco de su incomparable resistencia. Persistencia. Otro elemento flotante parecía ser una herramienta, un sostén de arneses o simplemente una pieza metálica bastante grande. Quizás un soporte ineludible que Frida tendría que sufrir por el resto de su vida, el padecimiento de un dolor irremediable por los días que le quedaran aún por delante. Tras la voluptuosidad de sus agravios y la tristeza de sus ojos, Frida parecía decirme algo más. Ensangrentada, manchada, dolida, Frida no buscaba el fin del sufrimiento. Quizás el mismo sufrimiento era el fin. Porque tal vez solamente mediante el sufrimiento podía alcanzar la esencia de ser ella, de ser Frida.

El sexto elemento flotante era quizás un útero anclado en una base que le permitía ser analizado por grandes científicos, ser sólo un objeto de estudio. Como si Frida fuera solamente una mujer más víctima de un aborto involuntario, como si la ciencia se olvidara del sujeto y de la persona y lo sometiera a objetivarse en aras de universalidad y validez científica. Acaso suele valer tan poco la humanidad.

Fortuna es que Frida añorara el sentimiento doloroso para declarar tan asquerosa falta del género humano. Como si el sufrimiento le permitiera perpetuar la disputa entre el ser y la nada. Como si Frida provocara que su mismo estrago trascendiera el intolerable dolor físico y lo transformara en sentimiento sublime.

A.P. de Legarreta (11 de Marzo del 2014)


1 comentario:

  1. Comprenderla....difícil... es excesivamente CRUDA..... pero así es la vida, y la suya no fué NADA fácil.

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