miércoles, 12 de noviembre de 2014

No, efectivamente yo no soy Ayotzinapa

Leí un artículo titulado No somos Ayotzinapa (http://www.notivision.mx/?p=7796) que asomaba la indignación con la que una mujer repudiaba los hechos ocurridos en Iguala pero los comparaba con los hechos, igualmente indignantes, que vienen ocurriendo en el norte del país desde los noventa: el secuestro y la trata de mujeres para la explotación sexual. Ella resaltaba el auge patriarcal que se siente en el país tras la desaparición de los 43, varones, normalistas y cómo México se indigna ante los hechos de Iguala y parece “darle igual” lo que acontece con las mujeres. Ella decía sentirse igualmente alterada con lo ocurrido, se solidarizaba también con Ayotzinapa, pero reclamaba la ausencia de vituperio contra la situación femenina. ¿Por qué no habría de causar estruendo social lo que pasa con las mujeres? Evidentemente en su discurso se notaba a leguas el grito feminista, y portaba la bandera de no ser Ayotzinapa siendo, en cambio, la mujer desaparecida de Juárez, la mujer violentada del Estado de México que exigía también el llanto de México, su exigencia de justicia para el caso femenino. ¿Por qué solamente se marchaba por los 43 desaparecidos? ¿acaso las mujeres no importaban?

No, efectivamente yo tampoco soy Ayotzinapa, pero por otra razón: Yo no soy Ayotzinapa, yo soy México.

Soy orgullosamente mexicana, lo digo a grito pelado a los cuatro vientos, y desgraciadamente también estoy hundida en la miseria de mi país. ¿Que si me indignan los hechos acontecidos? La verdad es que los repudio. Es completamente intolerable, y completamente incomprensible humanamente, lo que acontece. No soy Ayotzinapa, pero definitivamente estoy con Ayotzinapa. Pero es que realmente no es un problema "solamente" de 43 normalistas desaparecidos (y supuestamente, tal vez, aniquilados), ni de las 600 desaparecidas de Juárez. Lo que acontece radica en un problema de fondo. La justicia, tan anhelada por todos, debe nacer en cada uno de nosotros. 

La actitud mexicana es el comienzo de los hechos tan trágicos, horribles, denigrantes e insoportables que suceden en el país, pues ¿cómo se puede exigir un buen gobierno cuando nosotros mismos solemos ser el comienzo de pequeñas notas de violencia, injusticia, intolerancia? Porque miente cualquiera si dice que en su día a día, partiendo de su propio ser, no nace una mínima representación de una actitud o pensamiento malo por muy simple que sea. Porque seguramente ignoramos a todos al caminar por las calles y no nos detenemos a sonreír o ante un “buenos días”; o porque dejamos de ayudar al hombre ciego que va a cruzar el mismo paso que nosotros porque tenemos mucha prisa; o por mil razones más. 

Yo no soy Ayotzinapa, pero eso no me saca de la indignación que me causa el hecho. La violencia, la ineficiencia gubernamental y de sus instituciones, la inconformidad, la inseguridad. ¿QUÉ PASA, MÉXICO?

Yo soy el futuro de México y no puedo creer que vivo en un país donde la humanidad desaparece día a día; donde la violencia y la inseguridad son el pan nuestro de cada día; donde las personas se indignan si hay manifestaciones o si no hay manifestaciones; donde aquellos que claman justicia lo hacen de los modos menos adecuados y más injustos. La autoridad no escucha, eso es cierto, pero ¿cómo podemos exigirle que nos escuche a las personas en las que nosotros mismos hemos "depositado nuestra confianza"? Presidente, gobernadores, senadores, diputados, jefes delegaciones y municipales. Los colocamos allí al votar por ellos o al no haber sido capaces (y continuar sin serlo) de enfrentarlos ante opciones que realmente valieran la pena. 

Porque el daño a México está hecho, no hay vuelta atrás, sino únicamente hacia delante, y no va a haber un cambio real sino hasta que el país tenga un verdadero líder: un ciudadano que sienta a México, que sea México. Porque soñar con un México en perfecta armonía en el que cada uno de sus miembros obre de la manera correcta es un solamente un ideal. Pero el cambio real, lo que no se sueña sino lo que se busca en la realidad, jamás acontecerá si seguimos viviendo como hasta ahora lo hemos hecho. 
Yo soy México, así como cada uno de ustedes, entonces ¿qué es lo que nos corresponde hacer?

sábado, 20 de septiembre de 2014

Bailar bajo la lluvia...

Por fin estaba sola. ¡Qué digo por fin! Me encontraba sola, ajena a la ciudad; a su gente, a sus costumbres, a su acento españolete y su vertiente gallega. Jamás había estado tan lejos, tanto tiempo, de mis padres, de mi familia y mis amigos, de mi México y de él…

¿Cómo habríamos de sobrevivir mi soledad y yo? La faena acaecía imposible, intolerable, insoportable. Las despedidas fueron lágrimas y abrazos que me hubiera gustado alongar eternamente, el simple recuerdo de ellas me provoca ansias por volver.

Luego vino la lluvia. En eso se había tornado Santiago a partir de la segunda semana. Un clima húmedo, nublado a toda hora, capaz de deprimir a cualquier espíritu optimista. Viento frío, largas caminatas. Pies húmedos.

Tenía ya unos cuantos conocidos con los que intercambiaba pequeñas conversaciones, algunas risas y muchas preguntas. Las clases no me agradaban del todo, sinceramente esperaba más de la academia europea. Como fuese, Santiago no me terminaba de agradar e iba a ser mi hogar durante bastante tiempo. Aunque me había hecho a la idea de quedarme allí durante el semestre, aún me parecía difícilmente asequible. Aún no me creía totalmente capaz de conseguirlo. Aunado el sentimiento con el entorno húmedo que ahora reinaba, era incluso más complicado.


Fue en aquel momento cuando me encontré con una frase que siempre me había gustado y que, por alguna razón, no había venido a mi mente desde hacía mucho tiempo: "Life is not about waiting for the storm to pass. It's about learning to dance in the rain." Yo era bailarina, estaba en Santiago –la ciudad lluviosa por excelencia- ¿qué debía hacer si me negaba a escapar y darme por vencida? Simple: debía aprender a bailar bajo la lluvia. Porque a pesar de la tormenta, la vida continuaba. Porque por arduo que resultara, debía lograrlo. Porque era una experiencia que debía vivir alguna vez en la vida y porque regresaría a México cambiada, madura y lista para escribir el resto de mi vida…

lunes, 28 de abril de 2014

Frida. La sinceridad de su dolor.

Frida. He de confesar jamás había entendido el significado que se esconde detrás de los brochazos de Frida Kahlo sino hasta que me adentré en su historia y él me hizo verla con otros ojos. Tampoco ahora me jacto de comprender la totalidad del significado de su obra, pero al menos puedo ya disfrutar plenamente de Frida, llenarme de ella, compenetrarme con ella y hasta quererla.

“Henry Ford Hospital” no era la obra más bella de la exposición, ni la que tenía mayor esteticidad y armonía, ni era muy elaborada, ni la más conocida de la sala. Pero fue tal vez la obra que más llamó mi atención y la que más me hizo pensar y sentir. La obra cobraba vida ante mis ojos, acaso Frida me hablaba. Sí, ella dialogaba conmigo en silencio, bajo la sombra de la complicidad femenina, bajo un destello majestuoso de luz que reflejaba en ambas, que nos hacía confidentes.
 
"Henry Ford Hospital" o "La cama volando" (Frida Kahlo, 1932)
Detroit, Michigan. Vaya, ni siquiera sé dónde es eso que se rezaba por escrito en los bordes de la cama de Frida. No era importante. Una cama ensangrentada al centro del cuadro, una mujer, Frida, acostada en ella y atada de algún modo a seis elementos.

Detrás, un fondo simple, fábricas, tomas de aguas, urbanidad, falta de humanidad. Al mismo tiempo trascendía la simpleza y apuntaba a significaciones más elevadas. Detroit tan distinto de su querido México, industrias tan diferentes de los edificios coloniales que rodeaban su hogar coyoacanense. Lejanía, contraposición, oscuridad, sumisión y esclavitud.

Seis elementos atados a ella, saliendo de su costado. A simple vista parecía un cordón umbilical ramificado, eran de hecho hilos de sangre, conductos de sufrimiento, uniones inseparables de ella. Fractales de aflicción.

Un feto flotando en el centro claramente evocaba el aborto sufrido, una flor purpúrea, tal vez una jacaranda, a los pies de la cama, igualmente en el centro.

La flor era el único elemento que no daba la sensación de encontrarse flotando, tal vez porque la flor se había ya marchitado y había caído. La flor estaba también atada a Frida con el lazo de sangre. El tono morado parecía ser el único color que resaltaba de los demás en la completez del cuadro. Tal vez apelando a la femineidad, a la capacidad natural femenina de dar vida. Creo que se aludía a una contradicción inequívoca, oposición entre la incapacidad de Frida de dar vida a un hijo propio –por aquello del feto- y la plena potencia de darse vida a ella misma y a los demás a través de sí misma, de su arte, de lo que es. Incapacidad que detona en muerte, potencia que deviene en vida. Ambas salidas de Frida y unidas entre sí por hilos de sangre. La sangre pudiera representar su sufrimiento y si de ésta brota la vida, ¿cómo es que el dolor puede devenir en algo tan hermoso como es la vida? Quizás sea porque el dolor funciona como recordatorio de que estamos vivos. ¿Cómo puede derivarse también la muerte de algo que da vida? La respuesta parece trivial.

Otro hilo de sangre se encontraba atado al cuello de un caracol de tierra. Curioso animal el caracol. Lento, atento ante su depredador, lento, acechante frente cualquier amenaza, pero lento. El caracol parecía flotar por encima de la cabeza de Frida, como si se moviera lentamente en ella, como si el tiempo del sufrimiento fuera infinito, perpetuo. La conciencia del tiempo se cosificaba en un caracol, en la eternidad del instante de su dolor. Sin duda Frida sufría, bastaba con observar su rostro y ver la nitidez de sus lágrimas, derroches de dolencia. La pureza de sus lágrimas, dispendio de torturas. La sinceridad de su dolor, angustia prolongada. 

Un hueso pélvico flotaba atado también a Frida. La simbolización de sus múltiples enfermedades, sus innumerables operaciones y sus contados, y penosos, accidentes. Multiplicidad de daños, eco de su incomparable resistencia. Persistencia. Otro elemento flotante parecía ser una herramienta, un sostén de arneses o simplemente una pieza metálica bastante grande. Quizás un soporte ineludible que Frida tendría que sufrir por el resto de su vida, el padecimiento de un dolor irremediable por los días que le quedaran aún por delante. Tras la voluptuosidad de sus agravios y la tristeza de sus ojos, Frida parecía decirme algo más. Ensangrentada, manchada, dolida, Frida no buscaba el fin del sufrimiento. Quizás el mismo sufrimiento era el fin. Porque tal vez solamente mediante el sufrimiento podía alcanzar la esencia de ser ella, de ser Frida.

El sexto elemento flotante era quizás un útero anclado en una base que le permitía ser analizado por grandes científicos, ser sólo un objeto de estudio. Como si Frida fuera solamente una mujer más víctima de un aborto involuntario, como si la ciencia se olvidara del sujeto y de la persona y lo sometiera a objetivarse en aras de universalidad y validez científica. Acaso suele valer tan poco la humanidad.

Fortuna es que Frida añorara el sentimiento doloroso para declarar tan asquerosa falta del género humano. Como si el sufrimiento le permitiera perpetuar la disputa entre el ser y la nada. Como si Frida provocara que su mismo estrago trascendiera el intolerable dolor físico y lo transformara en sentimiento sublime.

A.P. de Legarreta (11 de Marzo del 2014)


miércoles, 26 de febrero de 2014

Enamorarse o no de una mujer así...

Hace poco encontré este escrito de Martha Rivera Garrido, hoy lo quiero compartir contigo:
"No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe. No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (ésas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y sienta un inmenso horror por las injusticias. Una que no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como ésa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, jamás se regresa."
¿Tú qué piensas? ¿Valdrá la pena enamorarse de una mujer que vuele o será mejor no correr el riesgo?