domingo, 17 de julio de 2016

¿El peso o la levedad? (Parte II)

Si bien había ya escrito sobre la elección pesadez-levedad en un post (hace ya 4 años), re-leer “La insoportable levedad del ser” de Kundera me llevó a escupir, nuevamente, algunas reflexiones aquí.

Parece que la elección entre el peso y la levedad puede subsumirse en la comprensión del eterno retorno de Nietzsche. ¿Cómo habría de ser vivida una vida si se sabe que lo que se haga en ella ha de repetirse sempiternamente? Si bien un respuesta tajante a dicha pregunta me parecería jactanciosa, parece que la respuesta tiende hacia el peso.

Sí, el eterno retorno es la carga más pesada, y lo es porque en el acto del vivir bajo la maldición del eterno retorno uno está condenado a vivir una y otra vez cada elección, cada instante, sin oportunidad a escapar de ellos. La repetición eterna de cada instante que forma parte de uno mismo, no simplemente de una repetición de momentos alegres y llenos de vida sino también aquellos de innumerable sufrimiento congoja y desesperación. El Es must sein! de Beethoven -referido en la novela- reafirma la esencia del eterno retorno y la decisión por el peso. Las cosas TIENEN que ser. 

Si bien creo que las cosas que pasan tienen que ser debido a que determinan el futuro, las situaciones están cargadas de infinitas casualidades -y, agregaría, causalidades- que simplemente acontecen y tienen que ser. Mas ¿cómo podría una simple casualidad adquirir un sentido más allá de su azar, peso? Parece una suerte de continuo movimiento de uno mismo en las circunstancias, al tiempo que éstas determinan ciertos aspectos de la realidad, uno mismo debe también irlas dotando de sentido. Construir, pero evidentemente aceptar las condiciones dadas, sin pretensiones de control absoluto -algo que parecería ser un peso realmente insoportable-.



Si bien ya había dicho en el post anterior que la levedad podría tornarse pesada debido a su mismo vacío, también la pesadez podría convertirse en cierta levedad. Esto pues ¿qué disfrute habría en el intento -siempre fallido- de controlar absolutamente lo que acontece? ¿qué beneficio puede acarrear un peso impuesto externamente y una vida conforme a normas que impiden o inhiben el propio crecimiento? ¿qué goce se puede encontrar en vivir eternamente -según Nietzsche- una vida pesada que nos derrumbe y no permita el movimiento?

Lo que interesa es la manera de vivir la fabulación del eterno retorno, la manera en la que se ha querido llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias la propia vida, la afirmación de uno mismo. Aspecto que creo es únicamente asequible a partir del peso, pero de un peso dotado de sentido propio. La carga más pesada no como condena, pero como principio de vitalidad.

Así que, ¿el peso o la levedad? Sin duda seguiría eligiendo el peso, sin embargo parece que no se trata de un peso que se torne insoportable, y por supuesto menos de una levedad que sea igualmente insoportable debido a su vacuidad. Optaría por un peso y una adquisición de sentido que permita vivir la vida de un modo que se esté seguro que incluso en la condena del eterno retorno se pueda disfrutar una y otra y otra y otra vez. 

martes, 26 de abril de 2016

Antoine de Saint-Exupéry teniendo la razón sobre el amor

Tanta pasión, sufrimiento, felicidad, conglomerado de sentimientos han dado de qué pensar, quizás, a todas las personas del mundo. Pero, sin duda, una de mis descripciones favoritas del amor es la de Antoine de Saint-Exupéry en su Principito...


-Te amo - dijo el principito.

-Yo también te quiero- dijo la rosa.

-No es lo mismo- respondió él. 

-Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía…Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.

Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.

Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo. Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas. Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío. Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento. 

Cuando una persona dice que ha sufrido por amor, en realidad ha sufrido por querer, no por amar. Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no puede sufrir, pues nada ha esperado del otro.

Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio, por el simple y puro placer de dar. Pero es cierto también que esta entrega, este darse, desinteresado, solo se da en el conocimiento. Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse al vacío, confiar la vida y el alma. Y el alma no se indemniza. Y conocerse es justamente saber de vos, de tus alegrías, de tu paz, pero también de tus enojos, de tus luchas, de tu error. Porque el amor trasciende el enojo, la lucha, el error y no es solo para momentos de alegría.

Amar es la confianza plena de que pase lo que pase vas a estar, no porque me debas nada, no con posesión egoísta, sino estar, en silenciosa compañía. Amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis inviernos.

Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un lugar para mí.
Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.-

-Ya entendí- dijo la rosa.

-No lo entiendas, vívelo- dijo el principito.