“Henry
Ford Hospital” no era la obra más bella de la exposición, ni la que tenía mayor
esteticidad y armonía, ni era muy elaborada, ni la más conocida de la sala.
Pero fue tal vez la obra que más llamó mi atención y la que más me hizo pensar
y sentir. La obra cobraba vida ante mis ojos, acaso Frida me hablaba. Sí, ella
dialogaba conmigo en silencio, bajo la sombra de la complicidad femenina, bajo
un destello majestuoso de luz que reflejaba en ambas, que nos hacía
confidentes.
Detroit,
Michigan. Vaya, ni siquiera sé dónde es eso que se rezaba por escrito en los
bordes de la cama de Frida. No era importante. Una cama ensangrentada al centro
del cuadro, una mujer, Frida, acostada en ella y atada de algún modo a seis
elementos.
Detrás, un
fondo simple, fábricas, tomas de aguas, urbanidad, falta de humanidad. Al mismo
tiempo trascendía la simpleza y apuntaba a significaciones más elevadas. Detroit
tan distinto de su querido México, industrias tan diferentes de los edificios
coloniales que rodeaban su hogar coyoacanense. Lejanía, contraposición,
oscuridad, sumisión y esclavitud.
Seis
elementos atados a ella, saliendo de su costado. A simple vista parecía un
cordón umbilical ramificado, eran de hecho hilos de sangre, conductos de
sufrimiento, uniones inseparables de ella. Fractales de aflicción.
Un feto
flotando en el centro claramente evocaba el aborto sufrido, una flor purpúrea, tal vez una jacaranda, a
los pies de la cama, igualmente en el centro.
La flor
era el único elemento que no daba la sensación de encontrarse flotando, tal vez
porque la flor se había ya marchitado y había caído. La flor estaba también
atada a Frida con el lazo de sangre. El tono morado parecía ser el único color
que resaltaba de los demás en la completez del cuadro. Tal vez apelando a la
femineidad, a la capacidad natural femenina de dar vida. Creo que se aludía a
una contradicción inequívoca, oposición entre la incapacidad de Frida de dar
vida a un hijo propio –por aquello del feto- y la plena potencia de darse vida
a ella misma y a los demás a través de sí misma, de su arte, de lo que es. Incapacidad
que detona en muerte, potencia que deviene en vida. Ambas salidas de Frida y
unidas entre sí por hilos de sangre. La sangre pudiera representar su
sufrimiento y si de ésta brota la vida, ¿cómo es que el dolor puede devenir en
algo tan hermoso como es la vida? Quizás sea porque el dolor funciona como
recordatorio de que estamos vivos. ¿Cómo puede derivarse también la muerte de
algo que da vida? La respuesta parece trivial.
Otro hilo
de sangre se encontraba atado al cuello de un caracol de tierra. Curioso animal
el caracol. Lento, atento ante su depredador, lento, acechante frente cualquier
amenaza, pero lento. El caracol parecía flotar por encima de la cabeza de Frida,
como si se moviera lentamente en ella, como si el tiempo del sufrimiento fuera
infinito, perpetuo. La conciencia del tiempo se cosificaba en un caracol, en la
eternidad del instante de su dolor. Sin duda Frida sufría, bastaba con observar
su rostro y ver la nitidez de sus lágrimas, derroches de dolencia. La pureza de
sus lágrimas, dispendio de torturas. La sinceridad de su dolor, angustia
prolongada.
Un hueso
pélvico flotaba atado también a Frida. La simbolización de sus múltiples
enfermedades, sus innumerables operaciones y sus contados, y penosos, accidentes.
Multiplicidad de daños, eco de su incomparable resistencia. Persistencia. Otro
elemento flotante parecía ser una herramienta, un sostén de arneses o
simplemente una pieza metálica bastante grande. Quizás un soporte ineludible
que Frida tendría que sufrir por el resto de su vida, el padecimiento de un
dolor irremediable por los días que le quedaran aún por delante. Tras la voluptuosidad
de sus agravios y la tristeza de sus ojos, Frida parecía decirme algo más. Ensangrentada,
manchada, dolida, Frida no buscaba el fin del sufrimiento. Quizás el mismo
sufrimiento era el fin. Porque tal vez solamente mediante el sufrimiento podía
alcanzar la esencia de ser ella, de ser Frida.
El sexto
elemento flotante era quizás un útero anclado en una base que le permitía ser
analizado por grandes científicos, ser sólo un objeto de estudio. Como si Frida
fuera solamente una mujer más víctima de un aborto involuntario, como si la
ciencia se olvidara del sujeto y de la persona y lo sometiera a objetivarse en
aras de universalidad y validez científica. Acaso suele valer tan poco la
humanidad.
Fortuna es
que Frida añorara el sentimiento doloroso para declarar tan asquerosa falta del
género humano. Como si el sufrimiento le permitiera perpetuar la disputa entre
el ser y la nada. Como si Frida provocara que su mismo estrago trascendiera el intolerable
dolor físico y lo transformara en sentimiento sublime.
A.P. de Legarreta (11
de Marzo del 2014)
